
Quien ha visitado República Checa sabe de la evolución que ha desarrollado desde el fin de la era de dominio soviético en su territorio. Aunque aún persisten algunos recuerdos de aquella época, como el monumento coronado por un tanque, en conmemoración de la liberación de la opresión alemana con el fin de la Segunda Guerra, la apertura al mundo occidental permitió el ingreso de nuevas tecnologías que permitieron llevar la vida de un modo diferente.
Durante los años en que la Unión Soviética ejercía su potestad en el territorio, Ostrava se mostró en esa esfera como una pujante sociedad trabajadora en fábricas e industrias metalúrgicas, que llegó a emplear a más de 30 mil de sus habitantes. La apertura y el nuevo status cambiaron la cara austera del tiempo pasado en detrimento de sus posibilidades laborales.
Hoy, esta ciudad de faldas cortas y piernas largas, de bellas mujeres, como en toda esta región, sólo emplea a 7 mil personas en las escasas fábricas que quedan en pie, mientras que en un amplio sector de su geografía exhibe lo que otrora era su orgullo. Maquinarias y complejos industriales aún armados en miles de metros cuadrados que conforman un museo de lo que fue.
Pasear por sus calles es caminar por una zona casi desierta, con poca gente expuesta al calor que el verano posa en esta época del año. Las altas temperaturas obligan al uso de indumentaria suelta, corta y cómoda que, para regocijo del sentido de la vista, dejan traslucir las virtudes y bondades de las siluetas femeninas.
Los taxis existen tanto en las calles como los visitantes que arriban a diario, poco y nada. Es mucho más fácil encontrar en una gran metrópoli uno de estos autos de alquiler en día de lluvia que conseguir uno aquí. En contraposición, el transporte público, rico en tranvías (por sobre los autobuses), despliega rieles por la tierra y puebla el cielo de cables en el tendido eléctrico para alimentar sus motores.
De todos modos, la cantidad de centros de compras que se levantan a pocas cuadras unos de otros, denotan el mercado que tienen cautivo en la zona.
Ostrava no es una de esas ciudades que alguien recomendaría para desviarse y tomar unas vacaciones. Tal vez, su mayor entretenimiento esté en los cinco chorros de agua que aparecen intermitentes desde el suelo de la plaza principal, que divierten y refrescan a los niños en estas cálidas jornadas estivales en el continente europeo.

1 comentarios:
Con tu títlo me hiciste acordar de una frase que leí la primera vez que entré a un estadio de fútbol. Tendría 10 u 11 años. "La Bombonera no late, tiembla Realmente lo sentí. En esta oportunidad, el Cez Arena temblará? Esperemos que no sea con los festejos de los locales ante el gusanito de Stepanek (si me lo hace a mí no se como respondería).
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