
Ya lo había adelantado a fines del año pasado: "Hasta que el físico me deje". Después charlé con él durante la Copa Telmex y ya le había puesto el límite a su carrera: "Ya me cansa esto de viajar, si mi familia no me acompañara no seguiría viajando, además, las lesiones no me dejan jugar tranquilo". Hoy, a la distancia, puede contarse.
Siguió asintiendo en Roland Garros. Cada uno escucha lo que quiere escuchar, pero ya era clara su pronta despedida.
El Gordo es un gran tipo que desde hace varios años es la imagen de Diadora en la Argentina, en una sociedad sustentada en la relación que intentó buscar la marca con la figura.
Calleri deja el tenis profesional, pero seguramente, y de alguna manera, va a seguir ligado a este deporte.
Para el recuerdo, la paliza que le dio a Juan Carlos Ferrero en Málaga, cuando el valenciano era N°1 del mundo. En un momento, el español abrió los brazos, miró a su capitán (Arrese) y le dijo, "no sé cómo hacer", en clara alusión a su impotencia. Con ese triunfo la Argentina igualaba la semifinal 2-2.
Obviamente que quedarán muchas anécdotas, victorias, increibles derrotas, como la de la final del ATP Buenos Aires frente a Massú, pero cuánta admiración podría dibujar y despertar la memoria de un tipo que disputó dos finales de Copa Davis, sólo hay tres que saben de eso.
En su haber, riunfos de todos los colores y dimensiones, pero seguramente, para él, el trofeo más importante que le entregó la vida es el que lo acompaña partido tras partido desde la platea: su hija Sarita.
Se despide otro grande del tenis argentino, alguien que dio el resto por sí y por el tenis de nuestro país, y hay que despedirlo de la mejor forma, porque se va de la mejor manera: jugando.

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